A ella el aire se le mete de golpe en la boca. A mí el viento me la abre y empuja, con agua y nieve, adentro mío, mientras se congela mi frente y la piel se estira hacia mi atrás y los órganos se me agolpan contra la columna y la parte trasera de las costillas. Esto ya lo vivimos. Una voz parecida a la mía lo contó mil veces. Metida debajo de un domo transparente. Con el aire viciado. Viciado de mí. De mí misma. Dice ella. Nos vemos y no nos tocamos. Estamos juntas, pero no nos tocamos.
Una vez se rompío el cristal y volaron numerosos murciélagos. (Y si digo numerosos miento, porque sé que eran cien y eran millón y el chirrido era insoportable). Caminé sobre los vidrios y la sangre no brotaba de mis pies , sino de más adentro: de un lugar que busco con mis manos y no alcanzo. De ahí, donde se apelotonaron mis pulmones con las tripas y el estómago en la caída. Allí donde el cristal más fino y mas punzante crepita en combustión de lo que habita en mí. De esos otros mundos simultáneos. Donde soy mil victorias. Donde a ella le llegó el miedo, a ella el terror, y a ella la decisión. Sus expresiones inocentes y mi gesto de extravío. Ella lo recuerda todo y yo no grabo nada.
Cuando huyeron los murciélagos yo no registré nada mas que su negritud de plástico y de noche. Me preguntaron como estaba y la respuesta fue nube con forma de reptil. Siempre fuí reptil. Yo. La que ríe y llora y sufre y siempre teme lo peor. Con las uñas anaranjadas y una cúpula sobre la cabeza, donde se infiltra aire nuevo. Anoche soñé que volaba, yo . La respuesta entonces es : puedo volar, pero caer también es volar.
Y ahora que dije algo estoy tranquila, y ahora que estoy tranquila podré dormirme. Yo también sé dibujar , le dije. Yo también sé sobre lo negro. Pero planeo escaparme, deslizando. Deslizandonos , sobre la nieve. Con la boca llena de hielo
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